


De repente, del medio del follaje y dando alaridos de hambre -y de consejos acerca de cómo encender el fuego-, apareció nuestro "querido" profesor. Una vez saciado nuestro apetito, y con algunas copas de más -en realidad varias cajitas...-, le dimos rienda suelta a nuestras habilidades deportivas (si es que son "habilidades"...)
Relato de un sobreviviente.